Anécdotas de carreteras en Perú

En mi segundo paso por Sudamérica, ya bajando a casa, en poco más de un mes crucé Perú de norte a sur, bordeando toda su impactante costa a través de la ruta panamericana. Una de las cosas que más me gustan mientras viajo es levantar el pulgar y que la ruta me sorprenda. Siempre en los países sudamericanos por los cuales viaje durante todo el 2015, me moví de ciudad en ciudad -y de frontera en frontera- a dedo, es decir, autostop, y Perú no iba a ser la excepción.

Tengo millones de historias de ese mes en la ruta en Perú donde me levantaron más de 15 camiones y autos particulares, donde hice desde trayectos de pocas horas hasta días enteros viajando con sus conductores, de los cuáles me acuerdo más o menos de sus caras, nombres e historias, pero son particularmente dos camioneros de los cuáles tengo las mejores anécdotas y recuerdos.

El primero es el simpático e inolvidable Francisco. Íbamos camino a Lima con mis compañeros de ruta en ese momento, Ale y Sergio, y nos encontrábamos en un cruce en el medio de la nada donde nos había dejado nuestro anterior conductor. Estábamos hablando con una mujer que vendía mandarinas y maní y nos contaba lo difícil que era el trabajo día a día ahí. Llevábamos ya esperando un buen tiempo y nadie nos levantaba ni aún con las señas de la señora hacia los conductores para que pararan y nos llevaran. Se me ocurrió alejarme un poco y hacer dedo sola un poco más adelante mientras los demás charlaban y descansaban del sol. Y funcionó, porque minutos después un camionero frenó.

Nos acercamos a hablar y preguntar hacia donde iba y nos dijo que podía llevar a uno o a dos, pero no a los tres juntos. Rápidamente decidimos que Sergio se podía subir, y Ale y yo seguiríamos intentando. A los minutos volvió Sergio corriendo diciendo que nos llevaba a los tres, que subiéramos. Nos despedimos de la señora, que de paso nos regaló unas cuantas mandarinas para el camino y emprendimos ruta con destino a Lima. Desde el primer momento Francisco fue más que amable y simpático, además de convidarnos de una bolsa enorme de chifles (plátano frito cortado en pequeñas tajadas) que son una adicción y devoramos en 5 minutos, se reía y hacía chistes con todo lo que se le ocurría, incluso de nosotros, nuestras nacionalidades y modos de hablar (un boliviano, un chileno y una argentina, tenía material para rato).

Una de las primeras cosas que nos preguntó fue si teníamos marihuana y ante nuestra negativa respuesta, nos comentó que a él le gustaba fumar y conocía un lugar para comprar en el siguiente pueblo, pero dado que él no podía ir con el camión hasta ahí, les preguntó a los chicos si podían ir.

Paramos a la entrada del pueblo y mientras los chicos emprendían a hacer su tarea, Francisco sacó una reproductor portátil y puso play a una película mientras los esperábamos a ellos y a la dueña de la carga. Pasaron alrededor de dos horas hasta que volvieron, también hasta que vino la mujer y bajaron parte de la carga ahí en ese pueblo. Ya oscureciendo emprendimos todos juntos viaje hacia Lima y en el trayecto nos ofrecieron trabajar bajando la carga del camión, ya que la señora no tenía nadie que la ayudara. Confieso que yo había visto por el espejo retrovisor del camión los hornitos de barro que antes habían bajado y me habían parecido pequeños. Les comenté esto a los chicos y enseguida aceptaron. Lo que no sabíamos era la cantidad de hornos de barro que habían en ese camión y la variedad en sus tamaños: eran más de dos mil y los más pesados llegaban a pesar entre ocho y diez kilos.

Después de unas seis horas y llegadas las cinco de la mañana habíamos terminado de bajar y acomodar en ordenadas hileras todos esos malditos hornos de barro, con nuestros cuerpos sucios, doloridos y cansados. Nos acostamos dentro del camión con Francisco esperando que se haga de día, y poder entrar a Lima dado que nos encontrábamos a las afueras, y así poder buscar un lugar para dormir. Cerramos los ojos y descansamos lo que pudímos: yo alucinaba con una cama y una ducha. Sentía que tenía kilos y kilos de tierra encima, vestida de negro estaba gris y mi pelo era una mezcla de rastas y paja.  Alrededor de las 8 de la mañana nos despedimos y agradecimos a Francisco por lo compartido en casi un día de viaje juntos. Nos indicó que colectivo podíamos tomarnos hacia el centro de la ciudad y caminamos hasta allí. Lo peor es que nunca es fácil andar de mochila en una ciudad tan caótica como es Lima, como en toda gran ciudad. Estábamos cansados, hace 24 horas que no dormíamos, queríamos llegar a algún lado pero no teníamos ni idea a donde, estábamos lejos y todo nos demoraba unas dos horas en transporte urbano.

Y para que se den una idea, viajar en transporte urbano en Argentina o en cualquier capital de Sud América es igual a viajar en subte en línea D de Capital Federal en pleno horario pico, y si le agregas una mochila atrás de 10 kilos y otra adelante un poco más chica, una mano ocupada sosteniendo la carpa y la otra haciendo malabares para no caerse arriba de la gente o aplastar a alguien, sumada a la aventura de no morir en el intento tratando de que te dejen salir del vagón al bajar, viajar en transporte público de mochila no es para nada fácil.

Pero lo hicimos, por supuesto, y alrededor del mediodía, luego de dos buses y varias cuadras de caminata, con un hambre voraz y un cansancio inaguantable, llegamos a la casa del mochilero en Miraflores, y pudimos finalmente descansar.

Si bien nos pagaron bien y esa noche nos dieron de comer y beber, compartimos y nos morimos de la risa con Francisco, aprendí que si alguna vez me vuelven a ofrecer bajar la carga de un camión ¡averiguar la cantidad y el peso primero!

La segunda gran anécdota viajando a dedo por Perú es prácticamente todo lo contrario. Oscar nos levantó mientras caminábamos con Ale y nuestras mochilas para salir de Ica y dirigirnos a la ruta, nosotros no le hicimos dedo sino que el nos tocó bocina en el medio de la ciudad y nos levantó a nosotros.

Oscar era callado y reservado y como era oriundo de un pueblo de la selva amazónica peruana a veces incluso se me hacia difícil entender que decía. Nos ofreció llevarnos hasta Cusco, y por un momento nos vimos tentados a aceptar, pero yo ya había estado ahí en enero y corríamos contra el tiempo ya que yo bajaba rápidamente hacia Argentina. Así que a Arequipa sería nomás, lo que fue casi un día de viaje juntos.

Al mediodía paramos a almorzar a un restaurante en el medio de la ruta y mientras con Ale nos hacíamos unos panes con mermelada que habíamos comprado por la mañana, una de las meseras se me acerca y me pregunta si me podía invitar un menú. Yo me quede un poco anonadada, puesto que había venido directamente hacia mí y con bastante carácter a preguntarme eso. Le pregunté a que se debía, y ella re afirmando que me lo estaba invitando agradecí y acepté. Nunca entendí muy bien cuál fue el motivo, si nos vio con mucha cara de hambre o fue producto de la amabilidad que los peruanos y la ruta en general han tenido conmigo, pero a los minutos estábamos almorzando una increíble sopa con carne, arroz y verduras, con un plato de guatita, arroz y frijoles.

Seguimos viaje por la panamericana sur, con el desierto a nuestra izquierda y el mar y los impactantes acantilados a nuestra derecha. Si con algo quedé fascinada es con las rutas peruanas, donde uno prácticamente no pierde de vista el mar. Entre charlas e historias fue comenzando a atardecer y Oscar ya había mencionado de comprar algo para beber y compartir. Paramos en un pueblo, y mientras nos invitaba una abundante sopa de gallina, que es un de mis platos favoritos, compramos un ron de litro, coca cola y cigarrillos. Seguimos camino un rato más hasta llegar a una estación de servicio donde estacionaríamos el camión y pasaríamos la noche.

Nunca me imagine viajando de noche en un camión riendo y tomando ron, estábamos de fiesta literalmente mientras viajábamos (aclaración: Oscar no bebía mientras conducía, solo nosotros dos). Se hicieron las dos de la mañana, y luego de habernos terminado casi toda la botella de ron, nos fuimos a dormir todos un rato.

El camión era una cigüeña, es decir, transportaba autos.  Así que en la parte trasera de una camioneta peugeot, acomodamos nuestras bolsas de dormir y allí dormimos mientras todo me giraba alrededor por culpa del alcohol. Alrededor de las cinco de la mañana ya estábamos despertando para continuar con el resto del viaje hacia Arequipa, donde llegaríamos alrededor del mediodía. Nos despedimos muy agradecidos con nuestro amigo esperando volver a encontrarnos en alguna ruta peruana.

Estas son algunas de las cosas que te pueden pasar viajando a  dedo por Perú, y por cualquier país de Sudamérica, ya que como éstas, tengo miles de otras historias: he llegado a viajar adentro del trailer del camión, todo a oscuras, con un calor insoportable y con la fe de que el conductor me está llevando a destino y no a cualquier otro lado.

Me fascina estar en la ruta aún con todos sus pormenores: largas esperas, el rayo del sol derritiendote, el hambre o el cansancio acumulado, el enojo cuando ves pasar autos vacíos con lugar de sobra, la frustración cuando no entendés las indescifrables señas de algunos conductores … pero todo, todo, vale la pena cuando sentís la libertad e incertidumbre de estar arrojado en la ruta sabiendo que todo y cualquier cosa puede pasar.

Viajar a dedo por Perú
¨No todos los que deambulan están perdidos¨. En algún hostel de Otavalo, Ecuador.
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